
Hemos recomendado en el blog otras memorias de escritores como los Cuadernos de Lanzarote de José Saramago o la autobiografía literaria de Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad. No me gustaría que faltase dentro de esa lista las memorias de Tolstoi a cuyas memorias dedicamos esta entrada de nuestro blog literario. El escritor nacía precisamente un 9 de septiembre en Tula (Rusia).
En el año 2010, con motivo del centenario de su muerte, se publicaron algunas recopilaciones de sus memorias en distintas editoriales (Editorial Austral y editorial Planeta), antes divididas en tres libros: infancia, adolescencia y juventud. Estas memorias de Tolstói no tuvieron continuidad en su vida adulta, pero no por ello dejan de ser interesantes. Y siempre podemos ampliar información gracias a sus dos volúmenes de Diarios (publicados por la editorial Acantilado). No obstante, es a través de su obra y sus personajes la mejor forma de conocer al autor ruso.
La recomendación de estas memorias de Tolstói no viene de mí, sino de uno de mis autores favoritos Stefan Zweig, que dijo: «Un hombre tan apasionado de la verdad como Tólstoi no puede ser otra cosa que un apasionado autobiógrafo». Así que si las recomendaba Sweig, merecen nuestra atención. Son estas unas memorias literarias muy interesantes para todos aquellos que quieran profundizar en la escritura autobiográfica.
Siempre que recomiendo algún libro suelo añadir un breve fragmento del comienzo para que podáis ver el estilo de la obra y decidiros o no por su lectura, pero en este caso me ha llamado más la atención el capítulo dos. Quizá porque, de algún modo, me ha recordado al inicio de la novela El extranjero de Albert Camus.
Mamá
Mamá estaba en la sala, sentada ante la mesa en que preparaba el té. En una mano tenía la tetera y en la otra el recipiente del samovar.
La tetera rebosaba y el agua caliente caía sobre la bandeja, y mamá, aunque tenía los ojos fijos en la tetera, no lo notaba, como tampoco advirtió nuestra entrada.
Cuando uno se esfuerza en traer a la memoria las facciones de un ser querido, son tantos y tantos los recuerdos que se agolpan en nuestra mente que nuestros ojos llegan a enturbiarse como si se cubriesen de lágrimas. Son las lágrimas del alma. Cuando trato de representarme a mamá en aquella época, no recuerdo más que sus ojos negros, que siempre expresaban bondad y afecto, el pequeño lunar en la mejilla, un poco más abajo de donde caían algunos rizados cabellos rebeldes, y su cuello blanco, su mano descarnada pero delicada, que me acariciaba muy a menudo y que yo besaba con frecuencia.
El conjunto, sin embargo, escapa a mi imaginación. A la izquierda del diván había un viejo piano inglés de cola; ante el piano, una niña morena, mi hermana Liubotshka, que porfiaba con un estudio de Clementi, agitando sus deditos rosados, lavados hacía poco con agua fría.
Tenía once años, llevaba un vestido corto y pantalones bordados. Junto a ella, se sentaba su institutriz María Ivanovna, con su cofia de lazos color rosa, la blusa azul, la cara rubicunda y siempre adusta, que adquirió una expresión aún más áspera cuando apareció Carlos Ivanovitch. Lo miró con aire amenazador, y sin responder a su saludo, levantó el tono, y acentuando cada vez más su voz de mando, siguió contando mientras llevaba el compás con el pie: uno, dos, tres; uno, dos, tres.

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