
John Cheever fue un escritor estadounidense que, aunque también fue autor de varias novelas, destacó principalmente por la escritura de cuentos y relatos breves.
Llegó a ser conocido como el “Chejov de los suburbios por el entorno en el que se desarrollaban sus relatos, en muchos casos, barrios residenciales de clase media y en los que trataba temas como la homosexualidad, el alcoholismo o los conflictos en el seno familiar dentro de la sociedad norteamericana del consumo y las apariencias.
El que se convirtiera en el premio Pulitzer en 1979 no terminó la escuela primaria pues, al parecer, fue expulsado de la Thayer Academy por fumar. Sin embargo, que no terminara sus estudios no le impidió ejercer de profesor en el taller de escritores de Iowa, el Iowa Writers’ Workshop’, uno de los programas de maestría en escritura creativa de los Estados Unidos.
Entre los ejercicios que proponía a los alumnos en sus clases en el taller de Iowa, y que quedaron recogidos en sus diarios, destacan principalmente tres. El primero era la escritura de un diario que abarcase por lo menos una semana de duración y en el que los alumnos debían registrar todas sus experiencias. No solo aquello que podían percibir los ojos, también debían escribir sobre sentimientos, sueños e incluso orgasmos. Este ejercicio de escritura se utiliza para desarrollar la capacidad de percepción, y no es el único escritor que aconseja esta observación minuciosa y detallada de la realidad que nos rodea a todo aquel que quiera dedicar su tiempo a la escritura creativa. Un ejercicio de escritura creativa similar propone, por ejemplo, Natalie Goldberg en su libro “El gozo de escribir”.
El segundo ejercicio consistía en la escritura de un cuento en el que siete personas o paisajes que aparentemente no tuvieran nada que ver aparecieran relacionados entre sí.
Y por último, el tercer ejercicio, y este era su favorito, consistía en escribir una carta de amor partiendo de un supuesto muy concreto: como si el narrador, remitente de la carta, la estuviera escribiendo desde un edificio en llamas. “Un ejercicio que nunca falla”, decía el maestro Cheever. Y tú, ¿te atreves a ponerlo en práctica?

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