
Una frase hecha o un modismo es un dicho que se utiliza en sentido figurado, pero sin que llegue a considerarse un refrán. En las frases hechas, las palabras en su conjunto no se interpretan en su significado literal. Son expresiones cuya utilización se recomienda evitar en los textos literarios,
ya que se trata de frases tópicas de uso muy común y, por tanto, carentes de interés.
A diferencia de un refrán, en el que se incluye un consejo o expresión cerrada, las frase hechas o modismos no son consejos, sino metáforas manidas o expresiones comunes. Aunque muchas veces no se hacen distinciones, María Moliner diferencia los modismos de las frases hechas. Estas últimas contituyen una oración completa, siendo los modismos solo una parte de una oración debiendo integrarse pues, de alguna forma, en ella. Con frecuencia se convierte en modismo un adjetivo añadido repetidamente a un sustantivo en concreto. También son modismos algunos circunloquios o metáforas manidas.
Algunas frases hechas que utilizamos a menudo son: las reacciones no se han hecho esperar, la realidad supera a la ficción, recibió cálidos aplausos, tener una discusión acalorada, hay que depurar responsabilidades, el horno no está para bollos, ser un espectáculo dantesco, dar luz verde, apostar por algo, quitar hierro al asunto, la ocasión la pintan calva, estar a la vuelta de la esquina, ser la hora de la verdad, dar una vuelta de tuerca, tomarse la justicia por su mano, estar en la luna, tener una apretada agenda, pisar el acelerador, dar el primer paso, darse un baño de masas, estar con el agua al cuello, quedarse en blanco, una papeleta difícil, tener un plan de choque, estar al filo de la navaja, cuestión de vida o muerte, recibir un jarro de agua fría, hacer un alto en el camino, poner el dedo en la llaga, poner en tela de juicio, poner encima de la mesa, golpe de timón, tener asignaturas pendientes, abrir una puerta a la esperanza, hacer o construir castillos en el aire y un largo, tirar la toalla, etcétera.
Ejemplos de modismos son, por ejemplo, el pavoroso incendio, por todo lo alto, sin ton ni son, por un tubo, eminentemente práctico, en un dos por tres, duro como el hierro o como una piedra, buena estrella, amigo fiel, flagrante delito, esbozar una sonrisa...
Si lo que se repite no es un frase o parte de ella, sino una idea, entonces estaríamos hablando de un lugar común.
Antes de enviar tu manuscrito a una editorial o tu relato corto a un concurso de cuento, conviene que contrates un servicio de corrección literaria que te ayude a eliminar las frases hechas y muletillas. Su presencia son un signo de un escritor que necesita mejorar su estilo literario. En su libro Para ser novelista, John Gardner nos habla de la importancia del lenguaje literario.
Consejos de John Gardner, Para ser novelista:
Así pues, una de las cosas que uno toma en consideración cuando se le pregunta si el joven escritor tiene lo que hace falta para llegar a ser un buen novelista es su sensibilidad para el lenguaje. Si es capaz de escribir de manera expresiva, aunque solo sea a veces, y si su amor por el lenguaje no es tan exclusivo u obsesivo como para prevalecer por encima de todo lo demás, el joven escritor tiene posibilidades.
Cuanto mayor sea su sensibilidad para el lenguaje y para conocer sus límites, más posibilidades tendrá. Y ciertamente grandes son las del escritor que tiene buen oído para el lenguaje y al que, además, le apasiona el material –personajes, acción, escena- rio– con que se construye la realidad ficticia. En tal caso puede llegar a convertirse en uno de esos virtuosos del estilo que, como Proust, el Henry James tardío o Faulkner, aúnan lo mejor de ambos aspectos.
El escritor con menos posibilidades –ese a quien uno contesta en el acto: «No lo creo»– es aquél cuya sensibilidad para el lenguaje parece incorregiblemente pervertida. Su ejemplo más evidente es el del escritor que no consigue avanzar sin emplear frases como «con un gracioso parpadeo» o «los adorables gemelos», o «su risa franca, estentórea», expresiones trilladas producto de la emoción fingida de quien no siente nada en su vida cotidiana o le falta algo de lo que estar lo suficientemente convencido como para encontrar su propia manera de decirlo, y ha de recurrir a cosas como «reprimió un sollozo», «amable sonrisa oblicua», «enarcando una ceja con ese aire suyo tan peculiar», «sus anchos hombros», «ciñéndola con su fuerte brazo», «esbozando una sonrisa», «con un ronco susurro», «con el rostro enmarcado por sus bucles cobrizos».
Lo malo de este tipo de lenguaje no es sólo su convencionalidad (que esté manido, gastado por el uso), sino también que es sintomático de una actitud psicológica decididamente nociva.
Todos adoptamos máscaras lingüísticas (hábitos verbales) con las que enfrentamos al mundo y que se adecuan a la ocasión. Y una de las máscaras más eficaces que se conocen, al menos para enfrentarse a situaciones problemáticas, es la máscara del optimismo ingenuo, ejemplificada por frases como las que he mencionado. La razón de que dicha máscara se adopte con mayor frecuencia al escribir que al hablar coloquialmente –es decir, la razón de que el arte de la escritura se convierta en una forma de embellecer y sosegar la realidad– no la conozco, a menos que esté relacionada con la manera en que se nos enseña a escribir de pequeños, como si la escritura fuera una forma de buenos modales, y quizá también con la importancia que nuestros primeros maestros dan a las mojigatas (o coercitivas) emociones típicas de los libros de lectura escolares. En cualquier caso, si dicha máscara no se abandona, traerá la ruina al novelista.
La gente que habitualmente persigue este optimismo gazmoño acaba inevitablemente viendo, hablando y sintiendo como pretenden hacerlo, lo cual les lleva a perder dos cosas; la capacidad de ver la realidad tal como es y la de comunicarse con quienes no ven la realidad con su misma y distorsionada benevolencia.
El uso de determinado tipo de lenguaje influye de tal modo en los procesos psicológicos que a quien lo emplea le resulta difícil comprender que dicho lenguaje distorsiona la realidad y le parece que los otros –en este caso quienes ven las cosas con mayor cautela o ironía– están ciegos. Nadie que vea la realidad de forma distorsionada puede escribir buenas novelas, porque al leer comparamos los mundos ficticios con el real. La ficción creada por quienes adoptan en la vida actitudes que nos parecen infantiles o tediosas cansa enseguida.

Yo no me considero escritor ni nada por el estilo, pero si que me gusta escribir y por eso puedo decir esto: Lo normal al escribir literatura, en concreto la narrativa, es que el producto del narrador, es decir la manera de contar la historia, el discurso narrativo, gire en torno a proyectar la retórica desde la manera en que son percibidos y vividos los hechos por los personajes propios de la historia que se cuenta, aunque el punto de vista del narrador sea uno de tercera persona. Por esta razón cuando el narrador va a recurrir a discursar lo que ve en el espacio donde se desenvuelven los actores, sus palabras tienen que ser sensitivas y enfocadas a inundar al lector de cómo el personaje vive la acción en concreto.
Por ejemplo: Juan se abraza con Maria; acaba de llegar del trabajo y estuvo todo el día pensando en su mujer y ansiaba abrazarla al llegar a casa. ¿Cómo el narrador debería abordar esta acción?, pues desde ese deseo que embarga a Juan de abrazar a su mujer…
No es un abrazo y nada más, es un abrazo que se ha estado alimentando por la espera de dos almas, de volver a cruzarse, almas que parecen dividirse para luego volver a fundirse en una misma esencia, corriendo entre enrevesadas enredaderas de ternura y amor… Juan descarga todo un mar de deseo al mirar a su mujer, y corre a sus brazos para dejar derramar toda la pasión que ha estado ahogando su alma en desesperación desde que comenzó su día de rutina… (He escrito lo primero que sentí al imaginar la situación, la estructura sintáctica no está pulida, y el uso de figuras literarias tampoco es tan profundo e incluso es muy sencillo pero así en la sencillez permite dejar el mensaje claro y acrecentar la emoción del lector)
En conclusión… Un escritor necesita por obligación construir frases que permitan enmarcar los sentimientos de los personajes en el mismo discurso narrativo. Como si fuera el mismo personaje doblándose para contar su propia historia.
Yo cuando escribo siempre imagino primero la situación, y luego por intuición comienzo a buscar las palabras que reflejen con exactitud lo que imaginé; y a veces lo que imagino es difícil de expresar, así que tardo en buscar la conexión entre lo visto con lo que ha de escribirse.
Me encanta esta página se leen muchas cosas interesantes… Felicitaciones por el excelente sitio web.
Nos alegra que el blog te sea útil, nos anima a seguir.
Gracias, Daniel, por pasarte pasarte por aquí y por tu reflexión.