
En esta ocasión la recomendación literaria nos la envía Marian Ruiz Garrido. Contra la juventud, de Pablo d’Ors, es la novela escogida por nuestra seguidora y copropietaria de la web Frontera Esdrújula,un interesante blog de reseñas literarias y espacios para la inspiración, que incluye también recomendaciones para aquellos que escriben. Marian y Marieta son “las esdrújulas”, filólogas de corazón y por convicción. Amantes de los libros como nosotros, que entran a formar parte de nuestra comunidad literaria.
Título: Contra la juventud
Autor: Pablo d´Ors
Editorial: Galaxia Gutenberg
Páginas: 420
Fecha publicación: 02/2015
ISBN: 978-84-16252-25-1
Temática: Contemporánea
“Una vida adulta no puede iniciarse más que como desengaño de una joven. Porque los jóvenes, y aquí apenas hay excepciones, se toman a sí mismos demasiado en serio. Es en eso precisamente, en su seriedad, donde revelan su juventud”.
Eugen Salmann, un berlinés de veintiséis años, tiene dos autores fetiche: Kafka y Milan Kundera. Aspira a convertirse en escritor y tiene la férrea convicción de que para lograr su propósito nada mejor que vivir en algún país del Este, sueño que se ve cumplido al ofrecerle su empresa un trabajo como agrimensor en la mismísima ciudad de Praga. En ella, el espíritu de Kafka parece adueñarse de él.
Sin embargo y por extraño que parezca, nadie le pedirá cuentas aun cuando no prosperará en absoluto con su compromiso laboral.
¿Al menos escribe? Tampoco.
“Pocas cosas hay tan descorazonadoras como añorar tener tiempo libre para que luego, cuando al fin se tiene, carecer de aquello con lo que se proyectaba ocuparlo”.
Se ve inmerso en circunstancias desconcertantes, algunas de las cuales bien podrían llamarse kafkianas: el comportamiento de su patrona, las maneras hurañas de la gente eslava —o su hostilidad manifiesta—, la esposa del editor con su empeño en forzarlo a ser su amante, el enamoramiento fulgurante de la mujer madura, las obligaciones que se crea por la necesidad perentoria de ser admirado, su fascinación por el fracaso, inducida tal vez por la lectura de La broma, la ópera prima de Milan Kundera.
“Al atardecer regresaba a sus habitaciones, consciente de que ahí le esperaba el cuaderno de su novela, que miraba antes de abrir como se mira a un hijo deficiente: con rabia y conmiseración”.
Eugen vive obsesionado, enjaulado en una fantasía que ha creado él solo. Anhela experiencias que alumbren su deseo radical de ser escritor, y no sencillamente de vivir. Si para ello tiene que espiar, espía; si tiene que mentir, miente; y si tiene que adoptar distintos roles que ocultan cualquier indicio de quién es, lo hace. Sin pudor. Cualquier cosa con tal de escapar de su mediocridad: él lo llama jugar; es lo que se dice a sí mismo cuando le acomete algún tipo de aprensión por sus reiteradas patrañas.
Persigue los detalles porque sabe que ahí —en atrapar lo menudo e insignificante— radican tanto la misión del novelista como la grandeza de las obras que perduran, pero vive preso de su juventud, dejándose seducir por señoras maduras y lascivas, y seduciendo a su vez a las jovencitas, anegados su mente y su corazón por un ansia única: la de la posesión amorosa.
“Contra la juventud porque los ideales se disparan a esa edad hasta cotas lejanísimas y grotescas, alejando a sus víctimas de la realidad, donde se encuentra el único consuelo posible. Contra la juventud porque los jóvenes no son todavía ellos mismos, sino quienes quieren ser; y porque viven imitando y haciendo de nuestro mundo un gran teatro y una gran impostura”.
En el estilo de Pablo d´Ors hay humor y espiritualidad, erotismo y compasión humanista, y hay además una paradoja: la de la proximidad y la lejanía a un tiempo de todo aquello que perseguimos, o mejor dicho, de todo lo que perseguía nuestra juventud. Está también la maestría de quien es buen lector antes que escritor y sabe indagar en los entresijos de la naturaleza humana.
“Dicen que el fracaso es el camino que debe recorrerse hasta acumular la sabiduría que se precisa para el triunfo. Dicen que el fracaso es solo la ocasión para demostrar la firmeza de nuestro anhelo de éxito. Y dicen también que el fracaso es la prueba de los riesgos que estamos dispuestos a correr para llegar a nuestro objetivo”.
Algunas pegas que debo reseñar: me han exasperado las escenas lentas y repetitivas, al modo de un mal sueño que se reprodujera machaconamente porque uno no llega a desentrañar el mensaje implícito; como si Eugen no terminara de aprender, que es en realidad lo que sucede. Por momentos la travesía se me ha vuelto fatigosa.
Tampoco he terminado de ver la necesidad de ciertos personajes literarios o de escenas que se me han quedado como anecdóticas, cuando podían haber añadido interés e impreso un mayor impulso a la acción; personajes y situaciones que prometían un mayor juego.
Hacia el final, que se precipita como un latigazo, el ritmo se acelera. Se cierran dos de las tramas amorosas –una de ellas de forma atroz, amarga– y tiene lugar una tentativa de contrición, detenida de nuevo por la rémora de ser inmaduro.
La carta del último capítulo revela su verdad, la verdad de Eugen, las conclusiones de lo vivido en Praga. Está escrita después de abandonar la ciudad, cuando ya la juventud ha quedado atrás y la mirada ha cobrado hondura. A mi juicio, un cierre intenso, excepcional, un necesario ajuste de cuentas consigo mismo, no exento de benevolencia con aquel que fue. Al mismo tiempo, un acto poético y reparatorio que restaura el honor de Hanna, la joven amante cruelmente desdeñada y que, sin embargo, jamás tendrá noticia de ello.
“Porque la vida es un ensayo donde emborronamos mucho, mi Dinorah querida, y lo malo es que esos borrones los hacemos sobre personas, a quienes naturalmente hacemos sufrir.
¿En qué recodo de la vida se pierde la inocencia? ¿No es ese, después de todo, el momento decisivo de cualquier vida y el tema obsesivo de quienes nos decimos novelistas?”.
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