
Para los que no solo tienen tiempo para leer en verano, sino todo el año, es la recomendación de lectura que nos llega de la mano del escritor y profesor de escritura creativa en la Escuela de escritores de Zaragoza, Pedro Bosqued. Podríamos decir que, esta reseña, que fue publicada en el Heraldo de Aragón, va dedicada más que a un libro, a un autor y a una época: Ernst Jünger y la segunda guerra mundial. Decía Jünger que su vida es una inconsciente presencia del dos: Dos Guerras Mundiales, dos esposas, dos hijos. Pero son ocho tomos, los que ha necesitado el escritor, filósofo e historiador alemán para relatar sus Diarios de la segunda guerra mundial.
UN VERANO EN JÜNGER
Puede que un verano tenga el tamaño de Las mil y una noches. Puede que sea tan reglado como un Decamerón. Y es posible que sea tan deseado como ir En busca del tiempo perdido. Por eso un verano en Jünger puede ser otro espacio lector. Porque Jünger no es un espacio ni localidad concreta, pero adentrarse en sus ocho títulos que recorren el siglo XX es de todo menos inocuo. Como los veranos que no se olvidan.
Empezando por Tempestades de acero o como puede ser un diario directo de la Primera Guerra Mundial, para seguir luego con Radiaciones I y II o de cómo se pasea por el París ocupado el oficial del ejército alemán, Ernst Jünger. O el deseo de que desaparezca Kniebolo, apodo de un tal Hitler, para acabar con la sinrazón de saber perdida una guerra pero no cuándo. Y luego Pasados los setenta, sus cinco tomos que alargan su línea vital hasta el final de la década de los noventa. Al margen de la extensión y de la dimensión, más de un palmo de altura superan los ocho tomos, es difícil hilvanar conclusiones. Una que por no haber cupo de papel en la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi no quiso seguir publicando sus textos. Luego tuvo medio siglo para ser más que difundido en casi todas las lenguas. Y lo fue por ser un compendio de historia, cultura, paisaje, naturaleza, plantas e innumerables viajes transoceánicos y transversales al común de los sentidos.
Como dice Jünger, su vida es una inconsciente presencia del dos. Dos Guerras Mundiales, dos esposas, dos hijos, dos veces llegó a ver el cometa Halley a lo largo del siglo XX. Dos líneas paralelas se juntan en el infinito, y su longevidad casi le da la razón al enunciado que creó. Vio morir a todos sus ancestros, sus coetáneos, sus hijos, sus amigos y los menos. Pero todos los datos que acumula una vida impresionan porque tenemos con qué comparar. Pero no se trata de eso, ni de comparar con obras también de extensión casi eterna.
Lo que puede ocurrirle al lector al entrar en el mundo Jünger es que deje de sentir que está leyendo información, que sus opiniones, por autobiográficas o diaristas que sean, verídicas o no, no tienen poso definitivo. Lo que la experiencia lectora, ahora que ya estamos en pleno siglo XXI, puede proporcionar, es un viaje a cada vuelta de página sin salir del lugar donde se le lea. Cabe preguntarse muchas cosas a raíz de sus textos. Desde la poca presencia de lo judío siendo un siglo tan marcado en ese pueblo a la frialdad a la hora de disparar o salir vivo subido a la espalda de otro soldado. Se puede alcanzar la sicología de la persona, su sentido de lo correcto, las discrepancias que genera o la singularidad del arco de amistades que tuvo. Pero si el lector no es perro viejo ni impermeable, puede descubrirse en muchos de los pasajes de la vida de Jünger. Desde investigar o no la muerte de su hijo en combate en Carrara al cariño que le da visitar Bilbao o El Escorial por llevarse dos, otra vez el dos, doctor honoris causa. Si nos quedamos en las menudencias, las visitas a su casa de Wilflingen de Miterrand, Felipe González o Helmut Kohl. O los reconocimientos que la longevidad acrecentaron.
Pero mirando por encima de las alharacas, el pulso medido de un entomólogo o su manera de pensar. Díscola en su juventud cuando se marcha con la legión francesa antes de la Primera Guerra Mundial y es su padre el que lo recoge para llevarlo a casa, hasta hacerse voluntario en 1914. O luego en la segunda mitad del siglo, la larga vida atendiendo correspondencia, sembrando o de caza sutil como llaman los entomólogos a atrapar mariposas. Porque no deja de ser sutil su manera de sufrir en hielo, o sentir en frío y no dejar ni que una chispa encienda más ira de la que desea. O irse a sus ochenta y tantas primaveras de viaje a Asia y beber como si no tuviera tiempo, porque memoria para poder hablar de cualquier cosa no le falta y curiosidad la lleva de serie hasta para preguntarse a dónde llevan las modernidades de los aeropuertos. Su percepción de la primera vez que pisa un finger para entrar en un avión da idea de cómo el pensamiento se permeabiliza para no caer en la melancolía o la depresión de pensar que su mundo se ha acabado. He ahí una de las posibles claves de su longevidad, no dice en sus textos que su mundo murió, celebra cada cumpleaños, acude a poner velas a las tumbas de su hijo o su primera mujer cada año. Puede que el sincronizar su ciclo vital con el anual le diera más de lo que parece.
Porque lo que parece después de leer sus ocho tomos, sin contar uno noveno adosado, Diario de guerra – verdadero diario de la Gran Guerra-, es que hacen falta muchas casualidades para pasar el umbral de los cien y contarlo. Sí, seguro que sí, pero también para levantarse cada día y buscar una nueva mariposa, o dar nombre a una nueva especie o sentir que todo puede ser especial y seguir pensando que el día siguiente es otro más. Unos treinta y siete mil quinientos noventa y cinco, que no es múltiplo de dos. Aunque si se piensa en los años bisiestos, se podrían añadir otros veinticinco días de propina, que dan sus ciento tres años aunque le faltaran menos de esos veinticinco para cumplirlos. Y todo sin ser múltiplo de dos o de cómo dos líneas se juntan antes del infinito. Todo menos vida paralela al lector. Algo para aprovechar.
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